Como adolescente, tuve problemas crónicos en el oído derecho, que incluyeron pérdida de audición. Estos problemas fueron mal diagnosticados por un médico como infecciones recurrentes del oído, y me dijo varias veces que no dejara entrar agua en mi oído, que debía mantenerlo limpio y seco, etc. Me cuidé lo mejor que pude durante unos años, pero las infecciones volvían una y otra vez, mientras que mi audición nunca regresaba.
Continuó así hasta hace quince años, cuando recibí el diagnóstico correcto por parte de otro especialista: tenía un tumor en el oído derecho interno. Era benigno (no canceroso), pero agresivo, ‘comiéndose’ cualquier cosa que había en su camino. Había erosionado a todos los huesecillos del oído medio, los que debían conectar el tímpano con el nervio auditivo, y por la ausencia de esos huesos no podía oír. Necesitaría cirugía urgentemente, y probablemente iba a requerir más de una operación. No se sabía si mi audición se pudiese recuperar o no, ¡pero la prioridad número uno era sacar el tumor antes de que causara mayores daños!
Al igual que con cualquier cirugía, en especial las que tienen lugar en la cabeza y que conllevan anestesia general, existían riesgos obvios. Sé que hubo mucha gente orando por mí durante aquella primera cirugía, y estoy segura de que mi familia y amigos estaban preocupados por cómo saldría todo. Pero honestamente puedo decir que Dios me llenó de una paz total, tanto antes como después de la operación. Nunca sentí la confirmación de que ‘todo estaría muy bien’, pero siempre supe que Dios estaba en control, que me amaba y que tenía un buen plan para mí. Por la gracia de Dios pude descansar en Su amor y la paz ese día, al igual que en las siguientes cuatro operaciones que necesitaría... Sí, ¡tuve un total de cinco cirugías de oído en seis años!
Así que hoy, quince años después, quiero reconocer públicamente la fidelidad de Dios en mi vida, específicamente en esta área. Le doy gracias porque el tumor original se encontró a tiempo y que cada vez que uno volvió se logró encontrar antes de que pudiera causar más daño. Le doy gracias por Su misericordia de mí y mi familia, por habernos puesto en contacto con muy buenos especialistas y cirujanos en este tipo de tumor, por darnos lo necesario para cubrir los gastos médicos, por buenos amigos y familiares que oraron fielmente y sobre todo por Su presencia y Su paz. Dios es bueno, todo el tiempo. Incluso en los momentos difíciles, incluso cuando yo no sabía qué iba a pasar, e incluso cuando la respuesta de Dios no era lo que quería oír. ¡Él es bueno, todo el tiempo!
Mi oído ya lleva 8 años sin tumores, ¡¡gracias a Dios!! Aún sigo con pérdida total de audición en ese oído; en algún momento podría conseguir algún tipo de implante directo al nervio auditivo, pero son muy caros y realmente me he dado cuenta de que no es una necesidad personal en este punto. Te sorprenderías por cómo uno puede hacer la vida normal con sólo un oído que funcione, porque te adaptas a las sensaciones raras, aprendes a filtrar los sonidos y decides cómo ponerte en diferentes situaciones. Aprendes cómo apuntar tu oído bueno hacia lo que necesitas oír, mirarle directamente a las personas para escucharles mejor e incluso leerles los labios cuando sea necesario. Aprendes cómo conectarte, porque es muy importante obtener toda la información posible con el fin de tener buena comunicación con los demás y estar al tanto de lo que está sucediendo a tu alrededor.
Por esto, siento que después de 15 años, esta sordera en un oído realmente no es un problema tan grande. Es algo que fue un problema o una molestia en el pasado, pero que realmente apenas tengo que pensarlo hoy día. Y eso es una gran bendición.
Sin embargo, la verdad es que a veces tengo otro tipo de sordera que me afecta más: a veces realmente no escucho atentamente a Dios, no le presto atención a Su voz que me guía. Claro que sé las cosas que Él quiere que haga diariamente, porque Su Palabra deja muchas cosas muy claras (no preocuparme, ser gozosa, ser paciente, no tener miedo, confiar en Él, ser agradecida...). Pero a veces me hago la sorda espiritualmente hacia Dios y hago las cosas a mi propia manera. ¡Y honestamente sé lo mal que está hacer esto! Sé cómo afecta a otras relaciones si no le presto atención a la otra persona, si no escucho bien o no respondo… y sin embargo a veces me veo tratándole así mismo a Dios. Lo cual obviamente afecta mi relación con Él, y también afecta mis relaciones con los demás si no estoy siguiendo a Su Espíritu y descansando en Él como debería.
Soy humana, lo que significa que no soy perfecta y no voy a serlo en esta tierra. Pero me siento desafiada a poner el mismo esfuerzo diario en ignorar las distracciones y realmente escuchar a Dios (lo que incluye obedecerle) que el que pongo en tratar de escuchar a otras personas y comunicarme con ellos, a pesar de las distracciones causadas por mi sordera física. Algunos días mi comunicación con Dios es muy buena, pero otros días les doy prioridad a las distracciones o a las listas de quehaceres y eso bloquea mi capacidad de ‘escuchar’.
La verdad es que siempre habrá excusas de muchos tipos, pero depende de mí (¡y de ti también!) decidir si ocupar esa excusa permanentemente o simplemente verla como un obstáculo que hay que superar y crecer a través de ese proceso. He sido muy bendecida al lograr superar muchas de las dificultades presentadas por mi sordera física parcial, y esto me anima (¡y espero que también te anime a ti!) a seguir creciendo y superando los obstáculos espirituales, siendo más consciente de escuchar y obedecerle a Dios, por Su gracia.
“Hoy has declarado que el Señor es tu Dios y que andarás en Sus caminos, que prestarás oído a Su voz y que cumplirás Sus preceptos, mandamientos y normas. Por Su parte, hoy mismo el Señor ha declarado que tú eres su pueblo, posesión preciosa, tal como lo prometió...” (Deuteronomio 26:17-18)