En mi última entrada de blog,
compartí sobre tener intimidad a diario
y en un momento dije que aunque no ha sido fácil llegar a este punto, definitivamente ha valido la pena
todo el esfuerzo. Mi esperanza era mostrar algo diferente de lo que parece ser la norma hoy día, y tal vez ayudar a otras mujeres
a ver su relación sexual con sus esposos en una luz diferente y estar dispuestas a crecer en esa área. Al
mismo tiempo, puede que el mensaje
haya desanimado a algunas mujeres que quizás sientan que tener intimidad de forma diaria
(o de forma muy
regular) sea
algo imposible para ellas, porque simplemente no están ‘programadas’
igual que sus maridos para
necesitar, desear o incluso
ser capaces de responder físicamente con tanta frecuencia.
Por lo tanto, hoy sentí la necesidad de profundizar un poco
más sobre la parte de “no ha sido fácil” para mí personalmente. Mi esperanza y oración es que esto aliente a esas esposas que realmente quieren servir a sus maridos en esta área importantísima de la vida de casados, pero que hoy están luchando
y frustradas con este tema. Puede que algunas de ustedes
tengan más que claro todo este asunto incluso mejor que yo, ¡y realmente me
alegro muchísimo por ustedes! Pero para aquellas que no lo tengan claro,
que necesiten ánimo y un desafío
positivo, aquí les dejo una mirada más profunda de
mi historia:
Como ya dije, mi marido y yo hemos tenido relaciones íntimas más o menos a diario durante casi todo nuestro matrimonio. Sin embargo, durante los primeros años, realmente
me costaba muchísimo llegar al
estado mental necesario para la
intimidad, tenía expectativas personales
muy altas de cómo
debía responder físicamente
y me frustraba muchísimo cuando no las lograba cumplir. Muchas veces me estresaba
antes de estar íntimos, esperando que funcionara todo como yo quería, pero preocupada de que quizás no me
fuera a resultar. A veces esta lucha interna se debía a alguna frustración con mi marido por algo
no relacionado al sexo: no haberme sentido comprendida por él en algo
que era importante para mí, o
que no me haya ayudado de la forma que yo había querido en la
casa o con los niños... Estos tipos de situaciones generalmente tenían
que ver con expectativas no satisfechas
debido a diferencias básicas de
perspectivas entre hombres y mujeres.
Así, en los primeros años de nuestro matrimonio, la frustración o el estrés o las distracciones de la vida normal, hicieron que fuera realmente difícil para mí
llegar de forma regular a un buen punto mental, físico y
emocional en la intimidad con mi marido.
Algunos días nuestra
intimidad era maravillosa, pero otros días era tan
agotador el mero hecho de intentarlo, y tan frustrante y decepcionante si no lograba cumplir con mis propias
expectativas. Así que en muchas ocasiones era más fácil para mí desconectarme mentalmente
del acto, estar físicamente presente,
pero no realmente responder sexualmente a mi marido. Mi forma de justificarlo esos
días era que al menos así él se podría divertir, ya que yo quería ser una
buena esposa y verlo feliz, y así yo no me tendría que decepcionar ni agotar emocionalmente.
Esa etapa fue muy
frustrante para los dos. Por un
lado, me sentía como una gran
esposa, porque era tan sacrificial y le ‘permitía’ a mi marido que estuviera conmigo
íntimamente casi todos los días (“¿Cuántas mujeres hacen eso?” pensaba
yo, felicitándome a mí misma). Pero, por otro lado, muchos
días yo me sentía como una
falsa cuando no estaba ‘ahí’ con él mental- y emocionalmente,
o me sentía como un fracaso cuando realmente ponía todo
mi esfuerzo en la intimidad pero
simplemente no me funcionaba y me desesperaba. A veces la frustración provocada por otros factores o situaciones me llevaban a la
amargura si no los resolvía, y si ese rencor terminaba afectando mi rendimiento sexual,
muchas veces el resultado era muchísimas
lágrimas y un agotamiento de una manera que yo no habría creído posible.
Otra vez insisto, durante esta etapa también tuvimos muy
buenos momentos de intimidad. Pero por lo general yo partía con este miedo de ‘¿qué pasa si no puedo responder esta
noche?’ Y con demasiada frecuencia, ese miedo se convirtió en realidad para mí (obviamente también afectada
por sobre-analizar la situación) y no podía cumplir con mis
propias expectativas.
Entonces, una noche, después de un par
de noches de no tener
intimidad, mi marido me dijo que
no le interesaba hacer nada. Le pregunté cómo podía ser eso: ya habían pasado un par de días sin nada,
¡por lo que debía quererlo! Pero me dijo que estaba cansado de que yo estuviera disponible pero no participando de verdad,
muchas veces no realmente esforzándome con él. Dijo que se sentía como si él no fuera un buen
marido si no estaba satisfecha yo, y que en realidad no se iba a sentir
satisfecho él tampoco si no me veía feliz y satisfecha
también. Él no quería jugar a
ese juego: no quería que yo
simplemente estuviera presente para
darle algo si no era en realidad un deseo que
venía de mí también.
Terminé dándome cuenta de que es muy similar a cuando
quiero hablar con él sobre
cómo me siento acerca de algún tema:
no quiero que él sólo esté conmigo,
escuchando, y tal vez asintiendo la cabeza de vez en cuando.
Quiero que mi marido me responda, que dé su opinión también,
que interactúe conmigo sobre el tema, ¡que quiera entender mi forma
de pensar y que le importen mis emociones! Porque eso es lo que
significa para mí la comunicación, y es
algo que realmente necesito, ¡y necesito que él
lo necesite y lo quiera conmigo también! No quiero que él lo esté fingiendo... Deseo
profundamente que mi esposo realmente quiera llegar a entenderme mejor y compartir sus
propios sentimientos verbalmente para
que yo pueda entenderlo mejor a
él también.
Así que me di cuenta, de una manera totalmente revolucionaria
para mí, que no era suficiente que yo
estuviera ‘disponible’ o que le diera
mi cuerpo todas las noches. No era suficiente sólo participar en la intimidad de forma más activa
una vez o dos veces por semana, y el resto del tiempo simplemente estar presente, pero no realmente ‘estar’ allí. Sí, mi marido realmente deseaba intimidad
conmigo casi todas las noches, pero su necesidad
más profunda era que yo lo deseara
también. Y yo sí que lo deseaba a
veces, pero hasta ese momento, mi
deseo era mucho menos frecuente
que el suyo.
Pero, ¿qué podía hacer? Quiero decir,
yo no quería ser hipócrita: no iba a fingir sentir
algo que realmente no sentía. Pero
¿cómo iba a obligarme a mi misma a ser
lo que no soy? ¿Cómo podía crear en mí un deseo y una ‘necesidad’
que realmente no tengo a ese
nivel? ¿Y cómo podía dejar a un
lado las frustraciones o el
dolor o el enojo que aveces sentía hacia mi esposo por alguna expectativa no satisfecha
fuera del dormitorio? ¿Cómo podía
simplemente ignorar esas situaciones
con el fin de poder enfocarme mental- y
emocionalmente en la intimidad? Otra vez, no quería ser hipócrita y pretender que esas frustraciones no existían, pero al mismo tiempo sabía que muchas veces simplemente no era el momento adecuado para hablar y resolverlas tampoco.
Parecía estar en un sitio sin salida:
por un lado, no me
sentía capaz de entregarme totalmente a mi
marido si sentía que había algo
no resuelto entre nosotros, pero por el otro lado sabía que muchas veces no
se podía hablar en ese momento para resolver el tema
pendiente y probablemente yo no estaría preparada
para hacerlo con un tono y una actitud
respetuosos....
Bueno, ¿cuál sería la solución entonces?
Yo sabía que no podía simplemente cambiarme a mí misma, hacerme capaz
de dejar de lado esas
‘ofensas’ o tensiones o
distracciones o estrés, y realmente ser capaz de responder físicamente
a mi marido de forma diaria. Quizás sea capaz de hacer algunos
de cambios externos por mi
cuenta, pero esos sentimientos
profundos, anhelos, deseos, necesidades, etc., esos parecen estar mucho más arraigados
en mi personalidad y el hecho de ser mujer.
Así que hice lo único que pude: me puse a orar
muchísimo por toda la situación,
no sólo antes de estar en intimidad, pero realmente durante todo el día y por muchos días. Oraba por mi marido y sus necesidades, por mí misma y mis deseos, porque realmente quería ser la mujer que él necesitaba. Oraba para
que Dios me perdonara por mantener
sentimientos contra mi marido y
por mis actitudes irrespetuosas tantas
veces en las formas que había
traído esos temas para hablar con
él. Oraba para
que Dios me hiciera tan consciente de Su perdón inmerecido en mi vida, hasta el punto que
Su perdón, misericordia, amor y gozo
se desbordaran de
mi vida sobre la de mi marido.
Porque me di cuenta de que no merezco para nada
todas las bendiciones que Dios me ha dado. En realidad, yo merecía
ser condenada por mis pecados contra Él, y sin
embargo Él me ha perdonado,
me ha amado, me
ha dado Su paz. Merezco tener mis pecados y fracasos destacados
y resaltados constantemente por Dios, y sin embargo en Su misericordia y amor me
perdona, pasa por alto mis ofensas y
me ve a través de la obra de Jesús.
Sabía que necesitaba recordar que desde Su punto de vista, las cosas que me ofenden en el día a día son de tan poca importancia en la eternidad (y honestamente muchas veces mis frustraciones
con mi marido son sólo una cuestión de perspectivas diferentes y no realmente tienen que ver con “lo correcto versus lo
erróneo”). Yo no quería seguir
siendo tan crítica y guardando rencor, pero
no podía cambiar esas cosas
en mi corazón por mi propia cuenta.
En resumen: le pedía a Dios un cambio profundo en mí. En el ámbito específico
de la intimidad, pedía la capacidad de
dejar de lado las demás cosas (frustraciones,
estrés o distracciones),
para estar en el estado de ánimo correcto, para poder responder físicamente, ¡e incluso
desear y necesitarlo
también! Pero sobre todo lo que pedía era estar más llena del Espíritu de Dios, porque
no me veía capaz de ninguna de
las demás cosas sin Él. Pero sabiendo que Dios es todopoderoso,
que Él puede sanar a los enfermos,
que Él puede resucitar a los muertos,
que Él creó todo de la nada, ¡entonces
Él podría sin duda ayudarme a ser menos crítica y darme un profundo
deseo y una ‘necesidad’ de estar íntimamente con mi marido con
más frecuencia!
No voy a mentir y
decir: “Así que en ese momento oí una voz del cielo que decía: «Que así sea», ¡y desde ese día todo ha sido color de rosa!” No, realmente fue como una montaña rusa
emocional durante varios meses. Siguió por un tiempo habiendo mucha frustración y algunas noches
muy oscuras. Hubo momentos en los que
yo seguía sin poder lograr que mi cuerpo
respondiera de la manera que yo
quería y no tenía ni idea de lo
que estaba haciendo mal. Hubo días en los cuales no era
capaz de soltar mi frustración y
rencor por temas realmente menores. Hubo noches en las que
el agotamiento mental era abrumador, cuando nada
funcionaba en la intimidad, cuando tenía tantas ganas de darme por vencida,
esconder permanentemente mis emociones y
respuestas físicas, y nunca tratar de poner tanto esfuerzo en algo así de
nuevo. Hubo días en los cuales oré muchísimo y sin
embargo sentía como que no pasara nada, ya esos días y noches fueron
tan decepcionantes como
muchos anteriores, y no lograba ver ningún cambio en mi corazón y mente.
PERO, a pesar de toda la dificultad,
Dios fue, es y siempre será fiel. Él me animó a través de Su Espíritu y Su Palabra. Él me
bendijo con un marido fiel que
me esperaba pacientemente, me animaba,
me abrazaba y lloraba
conmigo cuando lo necesitaba. Mi marido no se rindió
conmigo, sino que me daba las gracias por seguir intentando
en la intimidad, se daba cuenta y me
animaba en mis esfuerzos para
comunicar mis frustraciones en
formas más respetuosas (es decir,
teniendo cuidado con mi tono y actitud, y
esperando un buen momento para hablar). Yo
sé que él también estuvo orando muchísimo
acerca de todo esto. Y
finalmente, Dios nos trajo al
otro lado de esa lucha. Fue una etapa necesaria y buena
(aunque dolorosa) de crecimiento y aprendizaje juntos, y a través de ella nuestro matrimonio
ha llegado a ser mucho más fuerte, unida y con mayor entendimiento el uno del otro.
Aunque todavía nos falta crecer mucho
más y no somos para nada el matrimonio perfecto, ahora estamos en un nivel completamente diferente en muchas
maneras. Y no me jacto de eso ni es ninguna gloria mía
el hecho que estemos donde estamos. El mensaje que quiero
compartir no es: “¡Sí, qué buena soy y qué bien me fue!” En términos
de nuestra relación íntima de matrimonio, Dios en
Su gracia y misericordia me ha cambiado
desde adentro hacia afuera, hasta el punto que hoy realmente deseo la intimidad casi tan frecuentemente como mi marido. Y los días
en que realmente no lo deseo,
si veo el ‘deseo’ en sus ojos,
ya soy capaz de buscar y encontrar el deseo yo también. Mis frustraciones en esta área han desaparecido casi por completo, y en las raras ocasiones en que no logro cumplir con
mis expectativas, esto ya no me lleva a llorar ni
a estar realmente frustrada, no afecta negativamente a nuestra
relación... ¡Eso
es tan diferente a donde
estábamos hace unos años! Puedo decir sinceramente que ahora, por medio de la gracia de Dios, nuestra
relación continúa profundizándose y
siendo cada vez más hermosa. Pensé
que nuestra intimidad sexual era
muy buena los primeros años de nuestro matrimonio (en
los días buenos), ¡pero no se compara
para nada con lo que tenemos ahora de forma constante!
Todavía estoy creciendo en comunicarle las cosas a mi esposo de una manera más respetuosa, y al mismo tiempo me esfuerzo por
primero poner esas frustraciones en manos de Dios y permitirle
a Él que cambie mi perspectiva
sobre el tema si estoy mal o
malinterpreté la situación. Y esto le ha permitido a mi marido abrirse a mí más
verbalmente al ver esos cambios y esfuerzos por hacer las cosas
mejor. Ambos seguimos creciendo
en cómo vemos las necesidades del otro
y estando atentos a las preferencias
del otro. Ninguno de nosotros dos es quién era en el
comienzo de nuestro matrimonio, porque Dios nos sigue
cambiando. Y otra vez, esto no lo digo con
orgullo para nada... porque honestamente
no es algo que podría lograr en mi
propia fuerza. Estoy tan maravillada por la bondad de Dios, de ver cómo me ha cambiado
y me sigue cambiando de esta manera por
el bien de nuestro matrimonio.
Ha sido muy bueno hoy recordar la
fidelidad de Dios al contestar esas oraciones, porque en cierto sentido he
sentido ‘frustraciones’ sobre
otras cosas (no relacionadas con este
tema) en la vida últimamente. Ahora,
mirando hacia atrás y recordando esas
frustraciones que tenía en la
intimidad sexual y dándome cuenta
de que no era capaz de cambiarme a mí misma, sino que tuve que
confiar en Dios, confesar actitudes pecaminosas, orar con fe y seguir perseverando,
intentando siempre hacer las cosas mejor..., ¡ahora me siento capaz de hacer lo mismo en estas nuevas luchas también y aferrarme de nuevo a esas mismas promesas!
Espero que esto te haya animado y apuntado hacia el lugar del cual proviene
nuestra verdadera ayuda en tiempos de angustia, dudas,
frustración, decepción, agotamiento: ¡nuestra esperanza puede y
debe estar puesta en el Todopoderoso, Omnisciente,
Amoroso Dios!