Unas noches
atrás, cuidaba de mi bebé de siete meses que estaba enfermito y oraba por su
sanidad. Mientras hacía eso empecé a contemplar el significado de “confianza” y
de “fe” (bueno, claro que no era la primera vez que pienso en eso…). Mi mente
fue en mil direcciones diferentes en el siguiente par de horas y una de esas
direcciones era un paseo por unos recuerdos específicos. Así que, quería
invitarte a venir conmigo:
Tengo un
hermanito pequeño. (Bueno, la verdad es que ya tiene 23 años y está casado, ¡pero
para mí sigue siendo mi hermanito bebé! Aquellos de ustedes que son hermanos mayores
me entienden, ¿verdad?? 😉) Soy 6 años y
medio mayor que él, por lo que pude cantarle para que se durmiera de bebé,
aveces ayudaba a cambiarle los pañales, le leía libros, jugaba con él, lo
vigilaba mientras mi madre cocinaba, etc.
Siempre hemos tenido una conexión especial.
Hubo varias
veces en sus años de adolescencia cuando mi madre me llamó para contarme sobre
algo que le había pasado a mi hermanito: que se había lesionado jugando algún
deporte, que estaba enfermo, que ella estaba preocupada de la influencia de
alguno de sus amigos... Cosas normales de adolescentes, ¿verdad? Pero siempre
era muy personal para mí cualquier problema que él pudiese tener. Si la
situación era algo que realmente me preocupaba, le rogaba a Dios, o más bien le
exigía, que no dejara que le pasara nada. "¡A mi hermano pequeño no! ¡No
puedes permitir que esta cosa afecte permanentemente a su vida! ¡NECESITO y
exijo que él esté bien!"
Yo tenía un
problema der confianza. Por un lado sabía que Dios me amaba y que Él también
amaba a mi hermano pequeño, pero a veces dudaba de que Dios realmente estuviera
haciendo lo mejor en su vida. Por supuesto, yo nunca habría dicho eso en voz
alta, es más yo habría dicho siempre que confiaba en Dios totalmente, pero a
veces en la práctica se podía ver que al menos por unos minutos, horas o días,
mi confianza en la buena voluntad absoluta de Dios no era completa.
Es difícil de
entender a Dios lógicamente; por ejemplo, el conflicto entre la soberanía de Él
y el libre albedrío de las personas es algo potencialmente inmenso. ¿Por qué permite que ciertas cosas malas
sucedan? Si Él puede impedirlas, entonces ¿por qué no lo hace? ¿Cómo puede un
Dios todopoderoso y lleno de amor perfecto permitir el dolor, y por qué lo
haría? Estas son preguntas que he tenido que responder a lo largo de los
años, en la medida que he podido (nunca perfectamente), y al menos las he
respondido en teoría. Pero cuando situaciones específicas me han tocado
personalmente y ha sido el momento de poner en práctica esa fe, de poner a
prueba mi teología, siempre es mucho más difícil. No es imposible, pero sin
duda más complicado que simplemente tirar varias respuestas que suenan
bien. Y como persona muy analítica que
soy, es una lucha enorme cuando la lógica, las emociones del momento, y la fe chocan
entre sí... He compartido un poco acerca de eso hace un tiempo atrás.
Pero volviendo
a la relación que tengo con mi hermanito: desde la niñez, nos encantaba jugar juntos.
Por lo general eran juegos de estrategia, ya que ambos somos fanáticos de la
lógica, así que juegos como el ajedrez, Batalla Naval, Stratego, algunos juegos
de cartas, entre muchas otras, eran actividades competitivas y calculadas que
disfrutábamos con frecuencia.
Sin
embargo, había un actividad específica que realizábamos que era muy diferente
del resto. Ni siquiera recuerdo cuando comenzamos esta tradición, pero había
dos formas de llevarlo a cabo: 1) De la nada, mi hermano diría: "¡Hermana,
atrápame!", o 2) Sin avisarle, yo caminaba detrás de él y daba dos
palmadas en el aire. En cualquiera de los dos casos, el resultado del juego era
el mismo: inmediatamente, mi hermano pequeño dejaría caer su cuerpo hacia atrás,
y yo lo atrapaba tomándole por debajo de los brazos. A veces lo atrapaba rápidamente
apenas empezaba a caer, a veces lo pillaba casi tocando el suelo, pero siempre
lo atrapaba, y él lo sabía. De vez en cuando mi hermanito lo utilizaba como una
prueba cuando yo estaba ocupada con algo porque él sabía que yo dejaría lo que
fuera para llegar lo antes posible para que no se lesionara, y otras veces yo
lo usaba como una prueba cuando estaba distraído con otra cosa para ver si él
oiría las palmadas. ¡Era el reflejo de una relación llena de mucha confianza!
De vez en
cuando, después de atraparlo me decía: "¡AYY, me dolieron las axilas! Pero
no tanto como el dolor que habría sentido si me hubieras dejado caer al suelo...
¡Casi no me agarraste esta vez!” Entonces mi hermano se reía y salía corriendo
a seguir cualquier otra actividad que tenía pendiente. Pero al día o a la
semana siguiente, él me llamaba de nuevo en algún momento, para demostrar su
confianza en su hermana mayor. Esa tradición especial continuó hasta que un
día, cuando él tenía 13 o 14 años, apenas alcancé atraparlo, por lo que
decidimos que ya era demasiado grande para esa actividad (o tal vez yo ya era
muy vieja y débil)… 😉
Hasta el
día de hoy, estoy sorprendida por el nivel de confianza que tuvo mi hermanito.
Poniéndome en su lugar, yo nunca podría hacer algo así, incluso cuando era
pequeña. No es que necesariamente dudara de las intenciones de todos, pero una
fe así requiere dos cosas: 1) confianza total en la preocupación de la persona
por mi bienestar y 2) confianza absoluta en su fuerza física y sus reflejos.
Esa es una combinación difícil.
Personalmente he conocido a personas que seguramente tendrían la intención
de atraparme si cayera pero que tal vez no serían capaces físicamente, y otras
personas que técnicamente podrían atraparme pero podrían pensar que sería una
buena broma dejarme caer. Habría sido
difícil encontrar tanto buenas intenciones absolutas y suficiente capacidad
física en la misma persona, y habría sido aún más raro que yo pudiese realmente
confiar totalmente en esa persona, asumiendo que la llegase a encontrar.
Ahora que
soy esposa y madre de cuatro hijos preciosos, veo cómo esta idea de fe ciega se
aplica teóricamente de diferentes formas en mis relaciones con mi marido y con
cada uno de nuestros hijos. Pero en este momento veo más aplicaciones de esto
en mi relación con Dios: ¿Cuál es mi
respuesta frente a Él cuando uno de nuestros hijos está enfermo, herido,
enojado, confundido o triste? ¿Cómo son afectadas mis oraciones cuando estoy
lidiando con cosas personales o laborales? ¿De qué manera cada afecta mi fe en
Dios cada situación que enfrento, dependiendo de si le estoy
"exigiendo" que Él haga algo o que impida que suceda algo o que me dé
sabiduría? ¿Hasta qué punto realmente confío en que Él va a obrar bien en mi
vida, en la vida de mi esposo y las vidas de nuestros hijos, o simplemente
quiero controlar yo todo en lugar de entregar mis temores a Él y tomar ese paso
de fe? Los beneficios de confiar en Dios pueden ser bonitos, ¿pero realmente
vale la pena el riesgo de dolor y decepción??
A veces la
caída le duele un poco, o incluso mucho. Pero como mi hermanito pequeño destacó
años atrás por medio de su ejemplo, cuando estamos en una caída de fe, puede
que nos duelan un poco debajo de los brazos, pero ese dolor mínimo realmente
evita un daño grave y representa el forjar este hermoso lazo de confianza… ¡La
descarga de adrenalina en el momento y el fortalecimiento de la relación para
hoy y el futuro hace que absolutamente valga la pena!
Espero
seguir aprendiendo a dejar de lado mis inhibiciones, miedos y excusas en medio
de las pruebas de confianza de esta vida, para poder caer en los brazos de mi Padre
perfecto, disfrutar de una relación más estrecha con Él y mostrar Su amor a los
demás también. Porque sé que Él nunca, nunca me dejará caer (¡ni a ti tampoco!).
Gracias por enseñarme tanto, hermanito (ya no
tan pequeño 😉). ¡Te amo mucho!
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