Perdí mi anillo la semana pasada. No el de compromiso y matrimonio, sino que algo aún peor: perdí el anillo que no pudimos comprar para la boda, el anillo especial que me regaló mi marido como sorpresa para nuestro 5º aniversario cuando me había dicho que estaba ahorrando para comprarse una “guitarra”.
Puede que estés
pensando: “Sí, ¡qué duro es eso! Conozco a otras que han perdido sus anillos
también. Pero tienes buena excusa al estar ocupada todo el día con tres peques,
así que es lógico que a veces en la confusión se te pierdan las cosas.” Sí, se entendería si hubiese pasado por ese
motivo, pero la verdad es que no fue el hecho de estar pendiente de los niños
que me hizo olvidar dónde dejé el anillo… fue asunto de orgullo y enfado.
¿Y eso? Bueno, en
ese día catastrófico, mi estado de ánimo fluctuaba mucho (para aclarar, sufría
de síndrome premenstrual). Normalmente
cuando estoy en ese estado hormonal, me mentalizo reconociendo que seguramente
“sentiré” que ciertas situaciones son más importantes o terribles de lo que son
en la realidad. Generalmente desde
temprano en el día decido rechazar las mentiras que me dicen que “merezco que
me traten mejor” o que “todos me están fastidiando el día”, decido no atacar
verbalmente o ponerme súper-defensiva por las cosas que sucedan.
Sin embargo, en
este día específico de la semana pasada, sentí cuando empezaron a llegar esos
pensamientos temprano en el día, pero no los rechacé totalmente. Al principio no hice nada con ellas externamente,
pero sí les di muchas vueltas internamente y permití que se profundizaran en mi
mente y corazón. Cada pequeña cosa que
me molestó ese día quedó ahí, dentro, amontonándose. Básicamente quería sentirme enfadada
en ciertos momentos del día y hubo una especie de alivio químico en eso, así
que mientras no le hacía daño a nadie con mis palabras o hechos, ¿qué tenía de
malo?
En lo más
profundo de mi ser, sabía que estaba jugando con fuego y que cada vez que
aceptaba la tentación hacía que fuera más y más difícil rechazar la
siguiente. Pero mi propio orgullo me
cegaba y pensaba que era inmune hacia caer en algo realmente importante o
peligroso.
Llegando el final
de la tarde, mis cambios de estado anímico ya estaban en un punto de locos; había
permitido que continuaran hasta llegar a un punto nunca antes alcanzado, ni
siquiera en mis embarazos o primeros meses pospartos. Estaba feliz y amable por un par de horas,
pero de repente me enfureció algo que hizo mi marido. Realmente no fue nada grave según los
estándares normales y mucho menos una buena razón para enfadarme, pero como ya
a esa altura cualquier detalle era personal y magnificado al 1000%, perdí los
estribos. Y literalmente, porque en
algún punto de los siguientes 30 minutos, perdí mi anillo mientras fregaba los
platos o me cambiaba de ropa o hacía no sé qué cosa…. No lo tiré a
ninguna parte en el enfado, sino que me lo quité para guardarlo (porque no
duermo con ese anillo puesto) pero no tengo idea dónde lo dejé.
Pero no terminó ahí. Cuando confronté a mi marido esa noche por la
situación anterior que me había enfurecido tanto, él respondió de buena forma y
lo quiso dejar ahí…. Pero no me bastó eso: en ese punto ya necesitaba una
pelea por lo alterada que había estado todo el día buscando el momento para
explotar. Había una voz que me decía que
él no me entendía de la forma que yo necesitaba en ese momento, y decidí
hacerle caso a esa voz. Así que exploté,
no físicamente ni con gritos pero sí con palabras, muchas palabras que sentía
que tenía el derecho de expresar, aunque en lo profundo de mi ser dudaba si
eran realmente ciertas. A pesar de las
señales de advertencia, me expresé completamente, directamente, duramente. Y le hice mucho daño a mi marido.
Aunque a estas
alturas definitivamente merecía que me devolviera el ataque verbal, mi
marido no pagó mal con mal. No me atacó pero tampoco se entregó a mis demandas
emocionales y manipulativas. Tranquilamente
volvió a hablar la verdad de la situación y lo dejó ahí. Y en ese momento el velo se rajó y vi
claramente cómo me había comportado ese día y qué había permitido que entrara
en mi corazón y mente. En rebelión y
orgullo había aceptado una mentira y había reaccionado como mandaba ella. Había tomado pasos pequeños durante todo el
día, jugando con fuego y creyendo que no me quemaría. Pero sí que me quemé.
Los efectos de
mis pensamientos-acciones-reacciones podrían haber tenido un efecto devastador
en nuestro matrimonio. Aunque a veces
creo que soy muy fuerte y que algunas cosas nunca me afectarán, Dios en su
gracia me mostró cuán vulnerable soy, cuán peligroso es bajar la guardia y
albergar pensamientos tentadores y mentiras.
Lo más
impresionante para mí de ese día fue la misericordia de Dios mostrada a través
de mi marido. Él bendijo cuando podría
haber maldecido. Y por eso, el fuego de
la semana pasada quemó pero no destruyó: era un fuego refinador, quitando
impurezas y purificando lo precioso, como se hace con el oro.
Hablando de oro,
en este momento estoy mirando mi dedo que debería llevar un anillo hermoso de
oro blanco con un diamante precioso. Pero, tanto si encuentro el anillo algún
día como si no (¡realmente espero que sí!), es un buen recordatorio visual de
lo que se puede perder si no se tiene mucho cuidado, pero más que eso, de lo
bendecida que soy a través de la gracia.


