Estamos viviendo una etapa de muchos cambios como familia. En realidad, así es toda la vida, ¿no? Mientras pensaba eso, me di cuenta que este
verano hará 10 años desde que fui a vivir con mis abuelos maternos por un
año. Después de esos doce meses, me
acuerdo de haber dicho por primera vez: “Ese fue el año más difícil de mi vida,
pero también el mejor.” Y al finalizar
cada año desde entonces he dicho lo mismo.
Cada año ha traído nuevos desafíos, sorpresas, penas, alegrías, lecciones
aprendidas, fracasos, bendiciones, oportunidades para crecer…
En este viaje nostálgico, me acuerdo en especial de mi abuelo Bob, ya que falleció
hace exactamente seis meses hoy. Como yo
tenía a una recién nacida sin pasaporte en esa fecha, no pude viajar para estar
con la familia en su entierro. Sin
embargo, mi abuela me pidió si pudiera escribir algunos pensamientos para que
mi hermana los leyera en el servicio conmemorativo, lo cual fue un honor poder
hacerlo. Incluso pusieron una cámara web
y conexión de Skype para que mi marido y yo pudiéramos ver el servicio desde el
otro lado del mundo. Que bello fue
escuchar las palabras de verdad, amor y esperanza compartidas… y las lágrimas
caían libremente al escuchar a toda mi familia extendida cantar que hay un
lugar donde ya no habrá más tristeza, dolor, lágrimas…
Como forma de recordar a mi abuelo hoy, quería compartir los pensamientos
que escribí hace seis meses:
“Mi nombre es Kris y soy la nieta mayor de Bob. Disculpad lo que me alargue al intentar
expresar mis pensamientos por escrito y a la distancia. Me hubiese gustado mucho poder estar allí con
todos vosotros hoy, pero por lo menos contribuir esto me permite participar en
una forma pequeña en este día.
Mi abuelo siempre pasaba tiempo con sus nietos incluso cuando éramos muy
pequeños. Jugaba a las cartas y juegos
de mesa con nosotros, nos llevaba a lugares divertidos y a cenar, y con
frecuencia conversaba con nosotros y nos escuchaba atentamente… Hubo tantos juegos y momentos en familia que
mi abuelo logró capturar con su cámara de vídeo siempre presente.
Para resaltar una ocasión en particular, me acuerdo de un fin de semana
especial cuando tenía 9 años: mis abuelos me llevaron a la costa en su
autocaravana. Nos lo pasamos tan bien
los tres: nadando, jugando a baloncesto, jugando a las cartas, yendo a un
acuario marino, visitando lugares con vistas espectaculares. Me sentí tan bendecida al darme cuenta que
mis abuelos aman a todos sus nietos en conjunto pero también de forma
individual, por quiénes somos cada uno, y siempre han deseado y se han
esforzado por crear recuerdos especiales con cada uno de nosotros.
En el verano de 2003, fui a vivir con mis abuelos para estudiar 2º de
bachiller en los EE.UU. Mi abuelo había
arreglado y pintado la habitación trasera para mí e incluso había plantado un
pequeño jardín de verduras justo afuera de la ventana para que tuviera una
vista bonita. Además, me dijo que estaba
deseando que con mi abuela los tres pudiéramos salir en su autocaravana a
lugares divertidos algunos fines de semana en el transcurso del año que estaría
viviendo con ellos.
Un mes después, mi abuelo sufrió una trombosis que lo dejó con parálisis
parcial y sin poder ocuparse él mismo de sus necesidades básicas. En las siguientes semanas y meses, fue muy
duro ver a tantos planes y sueños de mis abuelos convertirse en frustraciones y
desilusiones, sabiendo que sus vidas ya nunca serían igual. Pero incluso durante esa etapa de tantos
cambios, vi a mi abuelo intentar mantener su sentido de humor: ¡cuando veía esa
sonrisa de niño travieso, sabía que iba a contarme un chiste o gastarme una
broma!
En el transcurso de ese año, mi relación con mi abuela también llegó a ser
una muy profunda amistad al darnos cuenta de todo lo que teníamos en común. La admiro tanto por cómo siguió hacia adelante
a pesar de todos los desafíos, cómo se aferró a Cristo y siguió siendo una
esposa fiel, amorosa y atenta a las necesidades nuevas de su marido. Sinceramente creo que la razón principal por
la que duró tanto tiempo mi abuelo en esas condiciones de salud fue por el
cuidado y la atención de mi abuela.
Sé que las cosas se pusieron más y más difíciles en estos últimos 9 años,
ya que cada vez mi abuelo estaba con más dolor y menos lucidez. Por eso, muchos seguramente preferirían
recordar los casi 70 años de su vida antes de la trombosis. Ése era el abuelo activo y divertido de mi
niñez y adolescencia. Y no tengo dudas
de que la mayoría de los recuerdos que se compartan hoy serán de momentos
vividos durante esos muchos años.
Pero incluso después de la trombosis, seguía siendo mi abuelo, el abuelo de
mis años de joven-adulta. Estuvo
presente en mi fiesta de graduación de bachiller; estuvo presente cuando me
casé con el amor de mi vida; tuvo en sus brazos a mis dos hijos mayores cuando
cada uno tenía apenas semanas de vida. Sí,
él estaba en una silla de ruedas en cada una de esas ocasiones especiales… ¡pero estuvo ahí!
Disfrutó
de cada evento como pudo. Y estoy tan,
tan agradecida de tener esos recuerdos especiales, juntos con todos los
recuerdos de mi niñez.
Aún con lo duro que fue ver a mi abuelo viviendo en una residencia de ancianos
por necesitar constante atención médica y todo lo que eso conlleva, fue un
recordatorio constante de que estos cuerpos que tenemos no son permanentes. Todos anhelamos profundamente,
subconscientemente algo más: un lugar sin dolor, enfermedad y muerte. Anhelamos un hogar permanente de salud, paz y
alegría. Y la verdad es que, para
aquellos que acuden a Jesucristo como su Señor y Salvador, esta vida ahora es
lo peor que pasarán, porque vendrá algo mejor después… Pero para aquellos que
deciden no aceptar el regalo de Dios en Cristo, esta vida ahora es lo mejor que
pasarán… Esa verdad da mucho que pensar
y mi abuelo se sintió obligado por amor a predicar el evangelio de Cristo toda
su vida, para que aquellos que aún no lo conocían pudieran creer y para que los
que ya creían pudieran crecer en su relación con Dios y vivir su fe de forma
práctica.
Mi abuelo deja atrás un legado de múltiples generaciones, tanto de familia
biológica como de familia espiritual. Que cada uno de nosotros podamos esforzarnos
por servir a Dios fielmente, amar a los que tenemos a nuestro alrededor y
disfrutar de la vida que Dios nos ha dado, tal y como lo hizo mi abuelo.
(Del himno “Cuando Allá Se Pase Lista”, por James Milton Black)
Trabajemos por el Maestro, desde
el alba al vislumbrar,
Siempre hablemos de su amor y
gran bondad,
Cuando todo aquí fenezca y
nuestra obra cese ya,
Y que sea pasada lista, allí he
de estar.
Cuando allá se pase lista…
¡A mi nombre yo feliz responderé!
¡A mi nombre yo feliz responderé!
¡Gracias, Abuelo, por tu ejemplo de amor y servicio! ¡Sé que estás disfrutando cantando con esas
cuerdas vocales ya redimidas!”

